domingo, 25 de septiembre de 2011

Apología de los grandes huevones

Aqúí va el segundo acto, es un texto de Martinsky dónde se hace apología de los huevones que lo fueron por preferir la contemplación poética o filosófica a la acción económica. No todos son ejemplares (de hecho la mayoría no lo son) es cierto, pero se requiere una buena dosis de valor para afrontar la pobreza como la afrontaron ellos:

Cuando nos hablan de los grandes como si hubiesen sido trabajadores incansables y figuras elementales del progreso industrial y social, lo unico que hacen es timarnos. Yo solo quiero que alguien me diga a que se dedicaba Dostoyevski, que hacía Nietszche para mantenerse o como fué que Emil Cioran, ese gran predicador del sinsentido de la vida, llegó hasta casi los noventa años habiendo despreciado el trabajo toda su puta vida. La respuesta es sencilla: nada, ninguno de ellos hacía nada, como su colega Macedonio Fernández, estos tipos se la pasaban en la "contemplación" para hallarle un sentido a ese mundo bárbaro que se abría ante ellos como un perro rabioso a punto de sufrir la paralización total de la garganta.

    Estos tipos, junto con casi todos sus colegas contemporáneos, fueron los grandes maestros del ocio, y la verdad, que bueno que fue así.¡Imagínenese a Nietszche trabajando siete horas diarias en una fábrica!no habría ocurrido el incendio a occidente oculto tras las páginas de Zaratustra. Ahora suban la apuesta e imaginen en la fábrica, ya no a Nietszche, sino a Charlie Marx, acaban de condenar a muerte al comunismo sin que este haya nacido todavía. La enajenación industrial no les habría permitido pensar a estos grandes, así de simple.

    Esto no quiere decir sin embargo, que estos hombres estén excentos del trabajo que, como no debemos olvidar (Y el mismo San Pablo nos hace el favor de recordárnoslo, gracias), es condición para sobrevivir aquí en la tierra y es consecuencía de la caída de nuestra raza en este torbellino de decadencia al que llamamos mundo. Más bien quiere decir que estos individuos pagaron el precio de no trabajar y lo pagaron caro, no fué su vida un resort como podríamos suponer, sino que fué un cúmulo de dudas que, como las llagas de la lepra, se adhirieron a sus mentes y corazones dejándo a muchos de ellos en las puertas del manicomio y a otros mas en las del infierno. Bloy, el gran profeta de los pobres, vió morir de hambre a sus hijos mientras de sus dedos escurría la sangre transfirgurada en tinta, habría podido revertir la fórmula alquímica para transformarla en oro, pues después de todo "el dinero era la sangre de los pobres"; no quizo, prefirió ver morir a sus hijos y casi morir el mismo, a evitar que murieran los hijos de otro, prefirió morir en cuerpo a morir en alma, fué un seguidor casi literal de Cristo, despreciando el mundo por algo mas noble.

   Estos hombres: Baudelarie, Bloy, Cioran, Nietszche y muchos más, se distinguieron del huevón improductivo por excelencia en una sola cosa: ellos si produjeron, produjeron alimento para la mente y el espíritu de muchos. Ellos eran los grandes huevones y no es justo que el mundo moderno equipare sus modos de vida con el de los huevones improductivos, esos que se hicieron millonarios especulando o heredando fortunas, esos mismos que son dueños del orden actual y quieren a todos metidos dentro de las fábricas para poder monopolizar las ventajas de la hueva. Son tontos, y son tontos porque no saben que para los grandes huevones, la hueva no fué nunca ninguna ventaja, sino una elección cercana a la pobreza evangélica de quien menosprecia las ofertas mundanas, por muy salvadoras que estas parezcan.

Martinsky

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